Perlas de sudor le
recorrían la sien y la garganta la notaba seca, clamando agua; sabía con
certeza que el peligro acechaba y que poco podría hacer para evitarlo. La luz
blanquecina de la luna, que parecía una raja de melón, iluminaba el paraje en
el que se hallaba. Árboles de ramas grotescas que podrían haber salido de
alguna película de Tim Burton; la tierra, húmeda y con insectos merodeando como
si nada les aconteciera; un riachuelo lleno de cantos erosionados por el
transcurro de sus aguas. Ni un solo rastro de nubes.
Un ambiente de lo
más inquietante.