Gracias al gran trabajo de investigación realizado por multitud
de biólogos, químicos… y a las muchas horas invertidas en ello, sabemos que las
proteínas son las reinas de nuestro organismo, pues prácticamente realizan
todas las funciones que uno podría imaginar: poseen función estructural,
catalizan reacciones y procesos vitales para nuestra supervivencia, regulan la
homeostasis, e incluso nos pueden defender contra aquél patógeno que osa
invadir nuestro preciado cuerpo. Actualmente, este conocimiento es el pan
nuestro de cada día pero todavía quedan muchas preguntas por responder. Hay una
que, desde comienzos del siglo XX, ha estado revoloteando en la cabeza de los
investigadores: ¿Cómo se comunican las
células entre sí? Que a su vez va enlazada con: ¿Cómo es regulado nuestro organismo?
Ya hace décadas que se sabe de la existencia de un par de
proteínas muy especiales, las cuales son capaces de desencadenar cientos de
procesos: son las culpables de que tengamos sueño, apetito, de que poseamos
nuestras capacidades organosensoriales, de que se nos acelere el pulso… Uno
perfectamente podría pensar: ¿Qué clase
de brujería es ésta? Pues no, ni brujería ni leches, ¡todo esto tiene
explicación!
Estamos hablando de la pareja que forman la proteína G y su receptor asociado.
Éstas son las causantes, en general, de todas las cascadas de señalización
producidas en el interior de la célula debido a la interacción de ésta con una
molécula externa o ligando. Es
decir, logran que una célula produzca una respuesta frente a un estímulo
concreto proveniente del exterior.
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| Receptor acoplado a proteína G (GPCR) |
Gracias a Robert
Lefkowitz, con la colaboración de Brian
Kobilka, conocemos casi al detalle el funcionamiento conjunto de estos dos
elementos y su importancia para el desarrollo de fármacos. Este año les ha sido otorgado el Premio
Nobel de Química por el estudio de los receptores acoplados a la proteína
G. Su trabajo pionero durante los últimos 40 años ha proporcionado una
perspectiva molecularmente más detallada, dentro de la estructura y función de
esta gran e importante familia de receptores.
Aproximación al receptor acoplado a proteína G.
Este receptor consiste en una única proteína, la cual posee
7 α-hélices que atraviesan la membrana plasmática; por contra, sus extremos
carboxilo y amino se localizan en el interior y exterior celular,
respectivamente. Debido a la peculiaridad de su conformación, a estos receptores
se les denomina receptores transmembrana de siete dominios, receptores
7TM, receptores heptahelicoidales, o incluso receptores
serpentina. Pero aquí nos
referiremos como GPCR para abreviar (proviene de G-Protein Coupled
Receptors).
En la figura
siguiente se señala en color rojo las zonas de las hélices donde se podrá unir
el ligando, y en colores azul y verde aquellas regiones del receptor donde
interaccionará con la proteína G. Si se observa la leyenda que acompaña al
esquema, se puede ver que hay regiones de unión a Gα y a Gβγ. Esto es
porque, como se verá más adelante, la proteína G no es una unidad sólida.
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| Esquema de la estructura de un GPCR |
Los GPCR van a reconocer una enorme variedad de moléculas y
señales sensoriales. Por citar algunas: hormonas
como la dopamina, adrenalina e histamina; factores
de crecimiento, mediadores de la inflamación… Así que se puede suponer que
la respuesta celular final vendrá en función del ligando que interaccione con
el GPCR.
La Proteína G y su
función.
En cuanto a la proteína G, es llamada así
debido a que va a unir moléculas de GTP (un análogo del ATP en cuanto a moneda energética). Los efectores
que son regulados por esta proteína comprenden enzimas como la adenililciclasa,
fosfolipasa C, fosfodiesterasas y canales de iones de la membrana plasmática
selectivos para Ca2+ y K+. Ésta puede ser o trimérica o
monomérica, siendo la primera estructura más frecuente.
La proteína G trimérica posee tres subunidades denominadas
α, β y γ. En condiciones de reposo, estas
subunidades estarán unidas y localizadas en la membrana plasmática, de cara al
citosol, mediante la interacción hidrofóbica con moléculas de tipo ácido graso
o isoprenoide. La subunidad α llevará unido GDP, que intercambiará por GTP en
un proceso que se verá más adelante y que conllevará, finalmente, a la creación
de una respuesta por parte de la célula.
En el exterior de la célula, un ligando
(por ejemplo, la hormona adrenalina) reconocerá y se unirá a ciertas regiones
de las α-hélices del receptor. Esta unión conducirá a un cambio conformacional
del GPCR, que hará que la proteína G se active.
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| Mecanismo de acción de la proteína G |
Esta proteína (en el caso de ser trimérica) puede presentar dos
estados conformacionales: puede estar en reposo o activa. Cuando se encuentra
en reposo (es decir, sin interaccionar con el receptor), las 3 subunidades de
la proteína permanecen unidas, y la subunidad α (también denominada Gα) tiene
unida una molécula de GDP. Al producirse el cambio de conformación por parte
del GPCR, la subunidad α cambiará el GDP por un GTP, conduciendo a la
separación o disociación de esta subunidad del complejo trimérico; Gα seguirá
uniendo GTP, mientras que el dímero Gβγ quedará
a un lado.
Por tanto, la Gα-GTP será la molécula desencadenante de lo
que denominamos una cascada intracelular
de señales, en tanto que esta subunidad activará a otras proteínas, las
cuales liberarán segundos mensajeros de diverso tipo que actuarán mediando la
respuesta celular (activando o reprimiendo a factores de transcripción de
genes, liberando moléculas al exterior de la célula…).
Por último, para detener la respuesta que
desencadena Gα-GTP, la propia actividad enzimática de tipo GTP-asa que posee el
complejo Gα-GTP va a poder “eliminar” esa molécula de GTP mediante su
hidrólisis, obteniendo GDP + Pi (fosfato inorgánico). Al quedar
unida a GDP, la subunidad Gα recuperará su conformación de reposo y se volverá
a asociar a las subunidades β y γ.
Las proteínas G monoméricas, que constan solamente
de la subunidad α, se localizan en el citosol en forma soluble o en el
nucleoplasma, poseen actividad GTP-asa, y actúan como moduladoras de procesos
clave tales como la proliferación y diferenciación celulares o la estructura
del citoesqueleto. A pesar de presentarse solubilizadas en el citoplasma,
pueden anclarse a la membrana celular a través de una cadena hidrofóbica, de
forma que permanecen ocultas hasta que un ligando active a un GPCR y éste a su
vez induzca el cambio conformacional de la proteína G. Este tipo de proteínas
ha sido un objeto de estudio de gran importancia ya que una sub-clase de
proteína G monomérica, denominada Ras y responsable de la regulación de la
proliferación celular, ha sido asociada a la formación de tumores ocasionada
por mutaciones en el gen que codifica la proteína o por sobreexpresión de ésta.
Historia de los GPCR y perspectivas de futuro.
El concepto de los GPCR tomó forma a principios del siglo
XX, y fue J.N. Langley el primero
que introdujo la idea de una “sustancia receptiva” dentro de las células para
explicar la habilidad de las drogas o fármacos para regular la transmisión
neuromuscular.
Sin embargo, en los años 70, varios farmacólogos como Ahlquist y Sutherland se mostraron
escépticos sobre si esos receptores, de hecho, existían como distintas
entidades. Durante este periodo de incertidumbre, Robert Lefkowitz se empezó a interesar en la Biología de los
Receptores, y ese interés tomaría las riendas de su carrera científica.
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| Los ganadores del Nobel de Química 2012, Robert Lefkowitz y Brian Kobilka (izquierda y derecha, respectivamente) |
El Dr. Lefkowitz comenzó su investigación en los años 60 y
principios de los 70. Dada su formación como cardiólogo, estuvo interesado en
el estudio de los receptores adrenérgicos (aquellos que tienen como ligando a
la hormona adrenalina) ya que tienen gran importancia en el sistema
cardiovascular. Su equipo de investigación pasó 15 años desarrollando técnicas
para estudiar estos receptores, como por ejemplo el marcaje de mensajeros
químicos con isótopos radioactivos, que luego interaccionarían con las
membranas celulares para así localizarlas y, tras una purificación, conocer a
qué se unían esos mensajeros.
En 1982, el Dr. Lefkowitz trastocó todo lo que se sabía
sobre los GPCR cuando él y sus compañeros (entre ellos, Brian Kobilka) clonaron
el gen y el cDNA del receptor β2
adrenérgico y se vio que tenía homología de secuencia y estructural con la rodopsina, una proteína que contienen
los bastones de la retina que nos permite ver en condiciones de baja
luminosidad. Debido a este gran hallazgo, Lefkowitz y su equipo establecieron a
estos receptores como los primeros miembros de una familia de proteínas, los
receptores de siete hélices transmembrana (7TMRs).
Esta superfamilia es ahora conocida como la más grande, más
diversa y la más accesible terapéuticamente. Desde entonces, el Dr. Lefkowitz
ha continuado revolucionando el campo de los GPCR a través del aislamiento y
clonación de 8 de los 9 subtipos de receptores
adrenérgicos, el primer receptor de la hormona
de la felicidad o serotonina (5HT1A),
y el descubrimiento y clonación de otras proteínas que regulan estos receptores,
como las quinasas de GPCR (GRK) y
β-arrestinas.
Según palabras del galardonado Dr. Lefkowitz, comprender el
funcionamiento de estas dos enzimas mencionadas anteriormente puede, con el
tiempo, llevar al desarrollo de nuevos tratamientos y terapias para tratar
enfermedades humanas, como por ejemplo la insuficiencia cardiaca, la
hipertensión, el asma… Recientemente, su grupo de investigación ha descubierto
que el sistema β-arrestina/GRK es
bifuncional: además de servir como reguladores negativos, esta pareja actúa
como un sistema de transducción de señales que sirve de apoyo a otros sistemas con
la misma función (quinasas de tipo MAPKs), incluso cuando el sistema de
Proteína G y receptor acoplado está fuera de combate.
Con este hallazgo, Lefkowitz ha visto que la posibilidad de
diseñar fármacos que sirvan como estimulantes de la señalización mediada por el
sistema β-arrestina/GRK está a nuestro alcance, pero aún quedan varios cabos
sueltos. Todavía queda mucho por investigar; sin embargo, estamos más cerca de
comprender al detalle el funcionamiento de nuestro cuerpo.
Bibliografía consultada:
- Jeffrey L. Benovic. G-Protein-Coupled Receptors Signal Victory. Cell. 151: 1148-1150
- Robert Leftkowitz. 2007. Seven transmembrane receptors—A brief personal retrospective. Biochimica et Biophysica Acta. Biomembranes. 1768: 748–755
- Robert J. Lefkowitz. 2012. An interview with Robert J. Lefkowitz. Trends in Pharmacological Sciences. 33: 51
- David L. Nelson, Michael M. Cox. Lehninger. Principios de Bioquímica. 4ª Ed
- Sudarshan Rajagopal, Seungkirl Ahn, David H. Rominger, William Gowen-MacDonald, Christopher M. Lam, Scott M. DeWire, Jonathan D. Violin & Robert J. Lefkowitz. 2011. Quantifying Ligand Bias at Seven-Transmembrane Receptors. The American Society for Pharmacology and Experimental Therapeutics. Mol Pharmacol 80: 367–377
- Ralph Snyderman. 2011. Introduction of Robert J. Lefkowitz. The Journal of Clinical Investigation. 121: 10
- El investigador del HHMI Robert Lefkowitz fue galardonado con el premio Nobel de Química de 2012. HHMI News. 10 de octubre de 2012.
PD: Este artículo forma parte de la Edición nº 8 del Journal of Feelsynapsis, revista online y gratuita que podéis leer pinchando en este enlace. Por cierto, hace poco ha visto la luz la nueva entrega, que pinta muy interesante, como nos tienen acostumbrados. :-)




Como no veo comentarios, esto me hace suponer que los cientificos iberoamericanos y sus estudiantes de posgrado, están ocupados en otros quehaceres, en todo caso lejos del frente de batalla de la investigación innovadora.
ResponderEliminarComo no veo comentarios, esto me hace suponer que los cientificos iberoamericanos y sus estudiantes de posgrado, están ocupados en otros quehaceres, en todo caso lejos del frente de batalla de la investigación innovadora.
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